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Una habitación oscura, un haz de luz atravesándola débilmente, ayudando a pintar un cuadro más sombrío. Sí, una imagen recurrente; ahora enterrada en la memoria, como todo aquello que miramos con sonriente distancia, disfrutando saber que no es parte del presente.
Se puso de pie mientras su alma permanecía en el suelo, como siempre, 2 segundos detrás de su cuerpo. Frotó su cara con las tibias manos características del despertar y volvió a darse cuenta de que ellas nada podían hacer para sacudir el cansancio que persistentemente lo aquejaba. Encendió la luz y por enésima vez maldijo su estilo de vida mientras se dirigía al sucio sofá que lo vería perder las horas junto a una botella de pisco.
Mientras sorbía su anestesia pensaba en lo profundas que fueron las heridas que hace tantos años lo empujaron al alcoholismo. Y disfrutaba sentir que ya sólo quedaban cicatrices casi imperceptibles. Sin embargo su botella aun lo acompañaba. Sí, porque en ella encontró a la única amiga capaz de ayudarlo a combatir las angustias que periódicamente lo aquejaban. Lo que nunca quiso ver es la realidad de la sensación física que suele entregar la resaca y que muchas veces se confunde con el suspiro permanente que se incrusta en el pecho cuando el alma se quiebra y pisamos los pedazos.
A veces le gustaba decirse que estaba solo como consecuencia de su propia voluntad, simplemente porque quería estarlo. Pero bastaba un segundo para que su propia razón dejara en evidencia su autoengaño. Quizá en un comienzo la autocomplacencia le resultaba útil, pero el tiempo la fue desgastando, casi tan rápido como su propia vida.



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