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Sunday, February 05, 2006

2

Esa noche decidí hacerle una llamada. Algo en ese tipo me causaba simpatía. Probablemente creía que en el fondo no era tan despreciable como parecía. O tal vez era lástima; me resulta un tanto difícil dar un veredicto. Su voz sonaba profunda, un tanto áspera, erosionada por las sesiones nocturnas de terapia líquida. Algo en su entonación me dijo que en cierta forma lo estaba salvando, al menos por breves instantes. Pude imaginar su mano saliendo del lodo, aferrándose a la mía, con esa fuerza de reserva que sólo puede ser usada para escaparse de la muerte, el último respiro, guardado para salvar a los siguientes. Y sentí el peso de la responsabilidad; por algunos segundos me quedé sin palabras, casi quitándole sentido al contacto telefónico. Finalmente una serie de “alós” me despertó. Nunca tuve muy claro qué es lo que quería decirle, ni siquiera sabía si había algo en particular que decir. Aunque sí sabía que había que decir algo, cualquier cosa.

1

Una habitación oscura, un haz de luz atravesándola débilmente, ayudando a pintar un cuadro más sombrío. Sí, una imagen recurrente; ahora enterrada en la memoria, como todo aquello que miramos con sonriente distancia, disfrutando saber que no es parte del presente.
Se puso de pie mientras su alma permanecía en el suelo, como siempre, 2 segundos detrás de su cuerpo. Frotó su cara con las tibias manos características del despertar y volvió a darse cuenta de que ellas nada podían hacer para sacudir el cansancio que persistentemente lo aquejaba. Encendió la luz y por enésima vez maldijo su estilo de vida mientras se dirigía al sucio sofá que lo vería perder las horas junto a una botella de pisco.
Mientras sorbía su anestesia pensaba en lo profundas que fueron las heridas que hace tantos años lo empujaron al alcoholismo. Y disfrutaba sentir que ya sólo quedaban cicatrices casi imperceptibles. Sin embargo su botella aun lo acompañaba. Sí, porque en ella encontró a la única amiga capaz de ayudarlo a combatir las angustias que periódicamente lo aquejaban. Lo que nunca quiso ver es la realidad de la sensación física que suele entregar la resaca y que muchas veces se confunde con el suspiro permanente que se incrusta en el pecho cuando el alma se quiebra y pisamos los pedazos.
A veces le gustaba decirse que estaba solo como consecuencia de su propia voluntad, simplemente porque quería estarlo. Pero bastaba un segundo para que su propia razón dejara en evidencia su autoengaño. Quizá en un comienzo la autocomplacencia le resultaba útil, pero el tiempo la fue desgastando, casi tan rápido como su propia vida.

Once I am sure of my task I will rise